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Lo dice un refrán y lo podemos observar en diferentes momentos de la vida. “Del árbol caído todo el mundo hace leña“.  Nos duele cuando somos nosotros los que estamos en el piso y los demás en vez de extendernos la mano nos empujan y nos aplastan para que no podamos levantarnos.  Pero qué pasa cuando es un familiar, un amigo o un desconocido el que está atravesando un momento de debilidad, de adversidad y dolor.

Es interesante ver como las redes sociales descubren lo que somos y lo que podemos dar.  Así es, dice la Biblia que “de la abundancia del corazón habla la boca”.  De esa misma manera podríamos decir que lo que hay en tu corazón se refleja en las redes sociales, en lo que escribes, en lo que compartes.  Hoy leía como uno de mis contactos se expresaba de una noticia que salió publicada en un rotativo de mi País.  Solamente los que estaban en ese momento saben lo que sucedió, pero nosotros, a veces, nos creemos jueces y nos encanta emitir y dictar sentencia sobre lo que vemos que ocurre a nuestro alrededor.

Se nos olvida que la palabra de Dios también dice “no juzgueis para que no seais juzgados porque con la misma vara que medís serás medido”.  Entonces, decimos amar al Señor, nos damos golpes de pecho profesando religiones, pero se nos olvida un mandamiento muy sencillo: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.  Entonces, la pregunta es: ¿tú te amas?, ¿te valoras?  Por consiguiente, si te amas y valoras no deseas que nadie te lastime.  Hay  un pensamiento de un filosofo que dice que “no le hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”.

Tengo que cuestionar: ¿tú eres perfecto(a)? ¿nunca has fallado?  Porque otro pasaje bíblico establece que “el que esté libre de pecado que tiré la primera piedra”.  De que nos vale ir a una iglesia y aparentar ser los más espirituales si cuando el prójimo cae, sufre, se duele, en vez de ayudarlo a levantar lo señalamos, lo criticamos y lo empujamos para que no pueda volver a levantarse.  Evalúa tu vida, ¿quieres construir y ser de bendición o deseas destruir y hacer leña del árbol caído?

La inocencia con la que viviste, la pasión que experimentabas al realizar actividades sencillas y la ilusión que provocaba el solo hecho de despertar, no tienen que morir.

La creatividad que te llevaba a hacer “de tripas, corazones” y la felicidad que provocaba ese viaje a lo fantástico e inimaginable, no tienen que desaparecer.

Cada sueño que dejaste pasar y cada deseo que no supiste conquistar, aún están ahí. La vida es más que vivir, no podemos pasar por ella simple y llanamente tratando de existir.  Es hora de retomar esos pensamientos que en la infancia servían de motor para continuar el crecimiento y nos llenaban de esperanza ante el futuro incierto.

La pregunta es: ¿dónde dejaste al niño o la niña que había en ti? ¿Qué hiciste con él o con ella? ¿lo(a) encerraste y no le permites salir?  Puede que en el proceso de desarrollo tuviste que asumir responsabilidades que no correspondían a tu edad o simplemente te enfocaste en asuntos que considerabas importantes, pero te olvidaste de aquellos que realmente eran vitales.

Durante la infancia vivimos soñando en lo que será, en lo que vendrá, en alcanzar lo que parece imposible y en esos sueños no existe la opción de rendirse.  Mientras vamos creciendo nos encontramos con muchos tropiezos, con personas que se dedican a quitarnos la motivación de completar lo que queremos y nos etiquetan, nos menosprecian.  Resulta que a veces, aún inconscientemente, nos ponemos barreras que son el resultado de lo que alguien pronunció para detenernos.  En ocasiones, son los que más amamos, hasta la familia, los que buscan todas las excusas y detallan solamente lo negativo de lo que quieres lograr. Tal vez lo hacen porque piensan que es mejor “tener los pies en la tierra”, que te evitarán sufrimientos, pero no se dan cuenta que te cortan las alas y no te dejan volar hasta llegar a conquistar tus sueños.

Mira a ver dónde dejaste al niño o la niña que con tantas ilusiones creció, retoma cada deseo, examina lo que realmente llena tu vida y tu corazón. No permitas que lo que Dios pensó para ti se quede en puros pensamientos.  Acciona, hoy es el mejor día para volver a soñar y empezar a trabajar para que esos sueños se hagan realidad.

¿Cuál es el problema?

Mirarme al espejo no me producía ni alegría ni tristeza. Yo conozco mi valor, ya lo he explicado anteriormente, mas en lo profundo de mi ser no estaba satisfecha con mi peso.  A veces prefería no tener que enfrentarme a la Elizabeth que se reflejaba en el espejo, pues no era yo, no la que había conocido. Gracias a la obesidad mórbida, usaba ropa que no me gustaba.  Todo mi conocimiento en conducta humana no me exime de ser una mujer con emociones, sentimientos y también sufrimientos.  La obesidad aunque no determinaba lo que yo era y ni lo que soy, no era parte de mí. Estaba atrapada en un cuerpo no me pertenecía.

¿Cuándo llegué a ese peso? ¿Por qué o para qué rebajar? ¿Qué me provocó la obesidad? Son algunas de las preguntas que intentaré contestar en esta parte de la serie Una guerra sin tregua: ¿gorda o flaca?

De niña fui algo gordita, de adolescente era flaca, pero por la forma de mi cuerpo, y las proporciones de mis huesos anchos [las caderas particularmente], mucha gente me decía que estaba gorda.  Ahora miro las fotos y veo la estupidez de creer en lo que los demás dicen de ti. Las personas pueden repetirte tanto una etiqueta que terminas por aceptarla. Sin embargo, no puedo precisar con exactitud cuando me convertí en una obesa mórbida.  Luché varios años con el sobrepeso, pero sé que todo comenzó cuando me casé en el año 2001 e irónicamente se fue con mi divorcio, aunque no está relacionada una cosa con la otra.

Entonces, la lucha con el peso inició hace como una década atrás, aunque antes de eso ya había comenzado a intentar varias dietas para mantener la línea y estar en forma. La palabra que mejor describe lo que hay en la mente de un obeso es guerra, porque la batalla no es solo con el peso, sino también con los comentarios de la gente, las burlas, humillaciones y tantas situaciones que conlleva la gordura.  La mala alimentación, no comer las veces que se requieren al día, comer muy tarde en la noche, no beber agua suficiente y comer para calmar la ansiedad pudieron ser algunas de las razones que contribuyeron al problema.

Mi salud se estaba deteriorando. De momento no podía caminar por mucho

Elizabeth - marzo 2011

tiempo, estar de pie era un verdadero sacrificio, me fatigaba por todo y el asma no se quería ir.  Precisamente, esa condición afectaba más mi peso, pues la cortizona [tratamiento médico] me hacía engordar por la hinchazón que producía.  Recuerdo mi última hospitalización en diciembre del 2010, esa fue la que me llevó a un peso que jamás imaginé.  Incluso, ahora miro las pocas fotografías que me tomaban en las actividades de la Oficina  y no puedo creer que yo estaba así. Realmente no me percibía de esa manera y las personas cercanas a mí, aunque sabían que estaba gorda, tampoco podían ver la proporción de la condición.

Desde los 23 o 24 años padecía de la presión alterial, el año pasado descubrí que también tenía apnea del sueño, todas condiciones médicas que se agraban por la obesidad y que podían llevarme a la muerte prematuramente.  Entonces, rebajar no era una opción, se convirtió en una obligación, lo tenía que hacer si quería tener calidad de vida y vivir más.

Cambiar mi vida fue una decisión difícil, me tomó dos años aceptar que ya lo había intentado todo y volvía a recuperar las libras que perdía. Tenía un

Elizabeth - marzo 2012

problema y se llamaba obesidad mórbida. Mi cita con la nutricionista (dietista) a mitad de junio de 2011 fue determinante.  Comencé a comer seis veces al día, tres comidas y tres meriendas, y a tomar mucha agua.  La cena la sustituí por una batida de proteína y comencé a ver los resultados de inmediato, bajaba como 10 a 12 libras por mes.  En diciembre ya había bajado mis primeras 71 libras y me sentía muy bien de salud, así lo reflejaban los análisis médicos.  Pues estos procesos tienen que estar supervisados, no se puede bajar de peso así porque sí.  Pero la guerra continúa y poco a poco iré contando más de lo que he vivido.

Esta es la segunda parte de la serie Una guerra sin tregua: ¿gorda o flaca?, puedes leer la primera parte en la publicación Comienza la travesía.

Estoy divorciada

Sí, soy una mujer divorciada y con ese título llegan muchas etiquetas y cuestionamientos de la sociedad, la familia, los amigos, en fin, de cualquiera que seguía tu vida de una forma u otra.  Las personas que compartían con la pareja divorciada les duele esa separación, se pueden sentir tristes, defraudados, sorprendidos, decepcionados, quisieran saber lo qué pasó y quizás lo hacen con la mejor intención. Pero les puedo decir que hay que respetar la vida, la intimidad de los demás y las decisiones que toman.

Los que me conocen saben que tuve un matrimonio feliz, claro con las altas y bajas que toda pareja experimenta.  Y mis confidentes y amistades más cercanas pueden confirmar que cada vez que tuve una crisis busqué ayuda espiritual y profesional para trabajarla.  Me mantengo diciendo que todo ese apoyo funciona cuando ambas personas están dispuestas a trabajar la situación y no lo hacen por obligación.  Afirmo que cada matrimonio debe buscar esas herramientas cuando enfrenta situaciones difíciles que no sabe manejar.

Siempre he promovido el bienestar de la pareja, el luchar por la relación porque creo en el amor. Si has leído mis escritos desde el inicio del blog, en muchas ocasiones he trabajado el tema del matrimonio y sigo pensando lo mismo con respecto a ese pacto que hacemos ante Dios y los hombres.  Yo también quería que mi matrimonio durara hasta que la muerte nos separara, pensé envejecer al lado del que hoy es mi ex esposo, pero no siempre las cosas ocurren como planificamos.

Es un tema del que no quería hablar porque el proceso es muy difícil y entiendo que no tengo que ventilar mi situación sentimental. Si lo hago es como parte del proceso de sanación y porque ciertas circunstancias me han obligado a romper el silencio.  Sí había compartido mucho de lo que experimenté en mis escritos desde el mes de septiembre del año pasado.

Una ruptura matrimonial es una pérdida en la que se llora y se sufre porque con ese divorcio se van todas las ilusiones y los sueños construidos.  Si hoy escribo sobre lo que vivo lo hago simplemente para que mis experiencias ayuden a otros que estén pasando por procesos similares, no me interesa ventilar mi vida públicamente con otro propósito y tampoco creo que tengo que dar detalles de lo experimentado.  Aquí no quiero hablar de razones ni de culpables, porque un matrimonio es cuestión de dos.  Y son esas dos personas las que conocen realmente lo que sucedió y la responsabilidad que corresponde a ambas.

De esta forma doy inicio a una serie de publicaciones sobre el costo del divorcio, los prejuicios de la sociedad, la familia y las diferentes etapas que se pueden vivir.  De mi proceso puedo decir que la ayuda espiritual y profesional ha sido fundamental para mantenerme de pie.  Sé que a muchos les cuesta creer que una persona que dé conferencias y dinámicas para matrimonios, tenga mis principios, valores y creencias pase por un divorcio, pero nadie está exento y sí, estoy divorciada.

Mi vida no ha terminado, al contrario, estoy en un nuevo nivel, soy feliz porque Dios ha estado conmigo en cada etapa de mi existencia, no me ha dejado y mis circunstancias no determinan quién soy, lo que valgo y hacia dónde voy a llegar, eso lo define el Creador, soy suya y mi ser le pertenece. Al contrario, lo que hoy vivo puede ser doloroso, pero para los que aman a Dios todas las cosas obran para bien.  Sé que mis vivencias han sido de bendición a mujeres que también les ha tocado enfrentar el divorcio y todos los prejuicios, señalamientos y sufrimiento que conlleva.

La pregunta es clara y la respuesta más todavía. Un clavo que da encima de otro clavo lo que hace es hundirlo a tal punto que parece que ha desaparecido, pero se encuentra en la profundidad del corazón, el hueco será más grande y la herida también.  Entonces, ¿por qué hay personas que se empeñan en decir que un clavo saca otro clavo? y más aún, ¿por qué hay gente que se conforma con ser ese clavo que supuestamente saca el otro?

De acuerdo con el psicólogo Walter Riso, mucho tiene que ver con la dependencia.  Hay individuos que no pueden estar solos porque son tan inseguros de sí que necesitan tener a alguien a su lado, por lo que terminan una relación diciendo amar a esa persona y al otro día ya sienten amar nuevamente y establecen un nuevo romance.  ¿Realmente sabrán lo que es el amor?

Primeramente, no tienen amor propio, no se valoran, o sea, su autoestima está baja, tienen grandes temores e inseguridades y van corriendo tras la primera persona que le diga algo bonito o lo haga sentir seguro.  De acuerdo con Riso hay varias explicaciones para desarrollar la dependencia. Y precisamente una persona dependiente puede salir de una relación y entrar en otra sin haber pasado por un proceso de restauración. Uno de los puntos que expone el autor puede arrojar luz sobre este comportamiento. “Estas personas no se sienten admirables e intrínsicamente valiosas; por tal razón, si alguien les muestra admiración y algo de fascinación, el apego no tarda en llegar“, explica el psicólogo en su libro ¿Amar o depender?.  Además, sugiere: “no te pegues de la primera opción.  La experiencia me ha enseñado que cuanto menos se busque el amor, más se encuentra“.

Hay unas recomendaciones que Riso le da a una de sus pacientes: “primero debe aprender a superar los miedos que se esconden detrás del apego, mejorar la autoeficacia, levantar la autoestima y el autorrespeto, desarrollar estrategias de resolución de problemas y un mayor autocontrol…“.

Entonces, es importante que analices qué te mantiene en una relación, qué te lleva a establecer relaciones tan pronto terminas una.  Primero, es necesario buscar ayuda profesional y espiritual para sanar no solamente lo que viviste en la relación anterior, sino las heridas del pasado que te hacen actuar de esa manera desesperada.

Si estás conociendo una persona asegúrate de que ya cerró el capítulo de su relación anterior y que ha pasado un tiempo razonable, no vaya a ser que estés siendo utilizado(a) como un clavo y en su momento te toque sufrir también la inestabilidad emocional que pueda tener ese individuo.  Definitivamente, no se puede abrir el corazón sin conocer las fortalezas y debilidades del otro.  No todo lo que brilla es oro y puede que parezca la persona ideal, pero no necesariamente es así.

En vez de un clavo, yo diría que lo que hace falta es un buen martillo para sacar ese clavo de raíz, sellar ese hueco y entonces poder reestablecer la vida.  El amor es maravilloso, pero solamente se puede compartir cuando estamos sanos, restaurados y nos sentimos felices con nosotros mismos.  Recuerda que nadie puede dar lo que no tiene y no se puede intentar llenar esos vacíos con otra persona, hay que buscar ayuda profesional y espiritual para mejorar nuestras vidas antes de entrar en una nueva relación.  Así que, ¡cuidado con los clavos!

El salón aún estaba vacío y algo frío.  Llegó temprano, como de costumbre, para poder sentarse en primera fila.  Necesitaba estar en un asiento privilegiado para aprender de literatura, pero más todavía para disfrutar de cada palabra que pronunciaba el profesor Esteban Barrientos. Ese hombre alto, serio con una mirada profunda y muy atractivo, que tenía unos 37 años de edad. Su pasión por la literatura lo llevó a hacer un doctorado en Letras, que obtuvo en la Universidad de Murcia.

A ella le llamaba la atención que era bien profesional, mantenía distancia y respeto con sus estudiantes.  Además, transmitía gran pasión por la materia que enseñaba. Sin embargo, su vida personal era todo un misterio.

El curso del profesor Barrientos siempre estaba lleno, se había convertido en un reto para muchos estudiantes de filosofía y letras.  Aunque sus padres hubiesen querido que fuera médico o abogado, el amor y la pasión por la palabra escrita pudieron más que toda la presión familiar y allí estaba en la Universidad de Salamanca, impartiendo el pan de la enseñanza.

Xiomara González tenía 18 años, era una joven común con gustos concernientes a su edad por lo que jamás imaginó que un curso de literatura fuera tan importante en su vida. Cada clase se había transformado en el alimento que llenaba su alma.  Ahora sus días tenían un significado distinto, especial y estaban colmados de mucha ilusión.  No podía creer que relatos como los discutidos en clase la llevaran a soñar.

Ya en el salón, se acomodó en aquella silla que tenía parecía tener su nombre, ese espacio donde su alma podía transportarse a los espacios más lejanos del universo.  Sus pensamientos comenzaban a volar, pensaba que tenía a su mentor de frente y lo escuchaba leer los cuentos y las novelas con una pasión indescriptible. Xiomara hizo su asignación y estaba lista para desbordar todo lo que le inspiraba ese último texto que les había encomendado leer.  Ella era una excelente estudiante, pero en esa clase participaba con algo de timidez.

De momento, entraron los alumnos.  Miró su reloj con ojos de tristeza, los minutos pasaban muy lentamente y el profesor no llegaba.  Él era puntual y muy responsable con su clase, por lo que una angustia se apoderó de su ser.  No era posible que ese día le faltara el nutriente a su corazón.

[Continuará...]

Comienza la travesía

Hace un poco más de dos años que comencé a escribir sobre este tema, pues me tocaba de cerca, lo estaba experimentando en carne propia. Fueron muchos años de intentar dietas, bajar de peso y recuperar el doble de lo perdido.  Factores de salud y tratamientos médicos afectaban aún más mi deseo de llegar al peso ideal.  Realmente estaba cansada de las presiones de las personas a mi alrededor cuando inicié la serie que les comparto.

Los artículos de los que hablo formaron parte de un cuestionamiento real: ¿Gorda o flaca?… ¡el gran dilema!  En esta vida no se puede complacer a la gente, o estás muy gorda o estás muy flaca, pero nunca estarás bien para los demás. Aquí te incluyo los enlaces para que puedas leer un poco de esa lucha que viví y sufrí.

¡Quiero ser flaca, pero no tengo dinero!

¡A dieta toda la vida!

Tras el cuerpo perfecto

Una obsesión contraria a la corriente

Siempre supe que el peso, la estatura, mi apariencia física ni mis circunstancias determinarían mi valor, lo que realmente soy, pero estamos en una sociedad cruel que discrimina, se burla y te humilla por esas libritas de más que llevas en tu cuerpo.

Inconsientemente todo eso va a trabajando en ti y cuando despiertas tienes una depresión mayor.  Como consecuencia prefieres no salir de tu hogar, no compartir, que nadie te mire, que no te presionen más. Yo me cansé de que me dijeran “qué cara linda tienes, si bajaras de peso”.  También de que la gente insistiera que los gordos quieren ser gordos porque no tienen fuerza de voluntad o no hacen lo correcto para bajar.

En junio de 2011, luego de una hospitalización por asma en la que la cortizona me afectó mucho llegué a un peso que jamás imaginaría y tomé varias decisiones que iré compartiendo en esta serie de escritos que inicia hoy.  En esta parte lo que quisiera es decirte que nadie que no haya vivido la obesidad mórbida puede conocer las emociones que experimentan los que día a día luchan en una guerra sin tregua, el llegar al peso ideal.  Además, cada caso es particular, lo que funciona para unos no necesariamente hará efecto en otros.

¿Cómo inició mi travesía? La primera recomendación es buscar ayuda profesional de un nutricionista, un internista y si es necesario un sicólogo y psiquiatra, ese fue mi caso.  Hoy quiero abrir mi corazón, pero lo haré poco a poco, para que conozcas el infierno que vivimos los que llegamos a tener un cuerpo que no nos pertenece.

[Agradeceré a las personas que me conocen y que saben todo lo que he hecho para bajar de peso que me permitan a mí compartirlo, todavía no quiero revelar todos los procesos, muchas gracias por ser mis cómplices y guardar los secretos.]

Ya está disponible la segunda parte de la serie Una guerra sin tregua: ¿gorda o flaca?, ¿Cuál es el problema?

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