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Posts etiquetados ‘Heridas’

Lo dice un refrán y lo podemos observar en diferentes momentos de la vida. “Del árbol caído todo el mundo hace leña“.  Nos duele cuando somos nosotros los que estamos en el piso y los demás en vez de extendernos la mano nos empujan y nos aplastan para que no podamos levantarnos.  Pero qué pasa cuando es un familiar, un amigo o un desconocido el que está atravesando un momento de debilidad, de adversidad y dolor.

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Tú siempre haces las cosas mal.  Qué horrible te quedó. Con esa ropa pareces…  No debiste hacerlo.  Si te cuento lo que hizo…” ¿Te han hablado así?  ¿Le has dicho esas frases a alguien? La lista podría ser interminable y no viene al caso abundar.  Pero, te pregunto: ¿conoces el poder de las palabras?

Hay personas que se pasan la vida hablando de los demás, ofendiéndolos, desaprobándolos y denigrándolos.  Algunos lo hacen conscientes del daño que van a causar y otros ni se imaginan las repercusiones de lo que dicen.

Las heridas que provocan son peor que la muerte porque van dañando el alma, el corazón, la autoestima y pueden causar otras situaciones que sin duda, marcan para siempre al agredido.

Lo triste del caso es que en el pasado la crítica se hacía en persona o por teléfono y se quedaba entre un pequeño grupo.  Hoy día se utilizan, también, las redes sociales para “tirar indirectas o directas” por lo que el chisme llega a más personas y el daño es mayor. Y tan mal está el que hace el comentario malintencionado como el que contesta de la misma forma. No estoy diciendo que el agredido no se defienda, pero no se puede caer en el juego de dime y te diré.

Donde tienes los pies quieren verte la cabeza“, pues así de podridos están porque la Biblia dice que “de la abundancia del corazón habla la boca“.  Esas personas, que se empeñan en destacar todo lo negativo que hacen los demás e incluso inventan historias para difamar, tienen el autoestima sumamente baja y necesitan ver que los demás son inferiores para ellos sentirse superiores.  También, son seres con muchos complejos, frustraciones y problemas no resueltos.  Gente así necesita a Dios y ayuda profesional urgente porque no son felices y no pueden hacer feliz a nadie más.

Ahora bien, existe la crítica constructiva, que es aquella en la que se da una opinión para tratar de contribuir a mejorar algo.  Pero, ¡cuidado! Hay que tener tacto y saber cuándo, dónde y cómo se dicen las cosas. Los expertos recomiendan que antes de hacer un señalamiento sobre un aspecto negativo, destaques los puntos positivos.  De esa forma prepararás el terreno para que tu comentario no sea tomado de manera ofensiva.

Ciertamente, la lengua, cuando se mueve innecesariamente, es un puñal, las palabras que salen de tu boca pueden ser de bendición o de maldición, tú decides.  Si estás sufriendo la crítica injusta de la gente que te rodean, habla con la persona, dile cómo te sientes con sus comentarios y pídele, respetuosamente, que cese y desista de emitir opiniones negativas en tu contra.  No dejes que esas acciones dañen tu vida, mira a los que te calumnian con ojos de misericordia e ignora todo lo negativo. Recuerda el refrán que dice: “lo que no te mata te hace más fuerte“.

¿Te han criticado? ¿Cómo lo has resuelto?  Comparte tu opinión, quizás la forma en que resolviste esa experiencia negativa pueda ayudar a otros.

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Hola, sé que hace tiempo no sabes de mí, de lo que soy después que fuiste parte de mi vida.  Confío en que estés bien y hayas alcanzado todos tus sueños.  Tomé el papel y el lápiz, cosa que ya casi no se hace, pues quería decirte que hasta hace unos días fui una persona que se consideraba feliz, que lograba ciertos triunfos en la vida, mas le faltaba algo.

Había un vacío en mi interior que no permitía que pudiera completar mi felicidad, a pesar de que lo tengo todo, o al menos eso creía.  Le pedí a Dios que me guiara, que me ayudara a encontrar lo que  mi corazón ahnelaba.  Luego de algún tiempo de hablar con el Creador, entendí a dónde dirigirme.

Subí las escaleras que me llevaban al cuarto donde guardo lo que no necesito en el momento.  Fui al baúl de mis recuerdos buscando una respuesta.  Queriendo encontrar lo que había extraviado y me tenía así.

Luego de muchos intentos, entre libros, carpetas y otras pertenencias que solemos guardar, descubrí un sobre con muchas cartas.  Lo tomé en mis manos, le sacudí el polvo, mientras el desagradable olor a guardado se impregnaba en toda la habitación. Miré las misivas, allí se reflejaba el dolor de la infancia, la adolescencia y aún de la adultez.  Cada una llevaba encima un nombre de alguna persona que, a pesar de que fue importante en mi vida, me había herido, lastimado, humillado o rechazado.

Me sorprendió encontrar tan amargos recuerdos, no era lo que buscaba.  Pensé en todas las veces que había realizado el proceso de perdonarlos, y allí también estabas tú.  Ya te había olvidado, estaba tan segura que te había perdonado, que no sabía qué imaginar.  Seguí viviendo…., sí, así fue.

 Mis pensamientos volaron a la cruz, imaginé a nuestro Señor cargando todo el dolor, el sufrimiento y el daño de la humanidad.  Allí Él pagó el precio por ti, por lo que hiciste y también por mí.  Cuando volví en si, estaba un poco aturdida, no sé qué pasó, no me podía explicar.  Me senté en el viejo sillón de ratán, imagino que lo recuerdas, estaba en el balcón de la casa de abuela mientras compartimos.  Entonces, reflexioné.   Decidí que iba a quemar cada carta y mientras el fuego las consumía recordaba solamente los momentos de felicidad junto a todos los protagonistas y antagonistas de mi vida, ya los había perdonado, pero sin querer dejé un espacio abierto para la inseguridad, la desconfianza y era eso lo que necesitaba cerrar. 

El fuego consumió cada carta y mientras las cenizas volaban, se iba con ellas el vacío y los temores de mi corazón.  Ahora sí te perdoné, puedo volver a mirarte, a darte un abrazo, a restablecer mi confianza en los demás y seguir adelante.

Sé que también he cometido errores, sin querer lastimé a otros y hoy quiero pedirles perdón, también a ti, espero que Dios sane toda herida que te pude haber causado.

Eso fue lo que me inspiró a escribirte, esta carta de perdón.

Nota de la autora:  Recibe esta misiva en nombre de las personas que te han lastimado, sana hoy tu corazón y extiende tu perdón.

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Cuando llegaste al mundo,  ¿te recibieron con dolor? Lo más probable te dieron unas nalgadas para que llorarás y ahí comenzó tu aflicción.  Se supone que cuando salieras del vientre de tu madre te dieran una calurosa bienvenida, pero no fue así.  Tal vez esto suena jocoso, pero la realidad es que desde la infancia experimentas situaciones que van lacerando tu corazón.  Vives ciertas experiencias que te marcan.  Personas a las que amas te lastiman, te dicen palabras denigrantes o te traicionan, así porque sí.

En la casa, en la escuela, en tus relaciones familiares, entre amigos, en tu trabajo, siempre habrá vivencias que te llenarán de angustia.  Entonces, el problema no es el dolor que produce la situación en el momento, el conflicto real se da cuando crecen raíces de amargura y no puedes perdonar a quién te lastimó.  Quizás han transcurrido muchos años y te duele recordar lo que te pasó, aún puedes sentir odio y rencor, lloras como si volviera a ocurrir ese evento que te marcó.

Si te sientes identificado(a) con lo antes expuesto, o conoces a alguien que está viviendo todo lo que describí, puedes estár arrastrando cadenas de dolor que te tienen atado(a) al que te lastimó.  Entonces, tengo que hablarte del poder libertador del perdón.  Hay una frase muy popular que muchos utilizan y expresa lo siguiente hacia el que hace daño, “perdonar yo… que te perdone Dios”.  Y tengo que decirte que sí, Dios puede perdonar a esa persona, pero  tú, también, tienes que perdonar para que puedas sanar. Porque si no restauras tu vida puedes estar pasando la factura de tu dolor a  alguien inocente que no tiene la culpa de lo que te pasó.

 Hace un tiempo escuché a la periodista y escritora María Antonieta Collins narrar su historia.  Lágrimas bajaron por mi rostro mientras narraba lo que le ocurrió.  Ese día decidí ir a comprar el libro “Dijiste que me querías… cómo sobrellevar lo impensable”.  Allí pude leer cada detalle de cómo la historia más hermosa de amor se convirtió en la pesadilla más dolorosa que alguien pudiera experimentar.  Pero lo que me sorprendió fue cómo ella decidió pagar con amor la vil traición de su esposo.  Aunque la periodista admite que fue un proceso muy fuerte, plantea en su libro lo que hizo para poder perdonar y sanar tanto dolor.  Buscó ayuda profesional y espiritual.  Hay una parte en su libro que escribe Julio Bevione.  Allí él establece la necesidad de sanar el alma y perdonar de verdad.  Bevione dice que “perdonar es renunciar a tener razón para, en su lugar, tener paz“. Y no encontré una mejor forma de definir esta palabra que es un completo desafío para todo ser humano.

No sé quién te lastimó, no sé cuán grande es tu dolor, pero te invito a romper las cadenas del dolor a través del poder transformador del perdón.  Que es difícil…, ciertamente, lo es.  Pero no es imposible y te invito a seguir el ejemplo del maestro, nuestro señor Jesús, cuando dijo “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”.  Mira a ese o esa que te lastimó, haya sido intencional o inconcientemente, con ojos de misericordia. Piensa que no sabía lo que hacía, así que,  perdona su ofensa como Jesucristo te perdonó y perdonó a los que lo ofendieron.  No sigas arrastrando las cadenas del dolor, sé libre a través del perdón.

Lo primero que debes hacer es reconocer que alguien te hirió y que eso te causó dolor, has el ejercicio de perdonarlo.  Decide ahora… puedes escribir una carta, hacer una llamada (si la persona vive) o simplemente en oración dile a Dios:  perdono a (nombra a esa persona por su nombre) por (expresa qué fue lo que te hizo) y desde hoy desactivo el dolor que me causó, me declaro libre de esas cadenas en el nombre de Jesús, amén.

Te invito a que compartas alguna anécdota de perdón, cómo hiciste para sanar y cómo te sentiste después de hacerlo. Seguramente tu historia ayudará a otros a sanar también su corazón y romper las cadenas de dolor que arrastran.

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